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El blog de Silverfox

Empresas y negocios del siglo XXI

    Tradicionalmente, cualquier negocio partía de una inversión del empresario. Con esa inversión inicial se compraba un producto que tras darle valor añadido se vendía con un beneficio. Ese beneficio provenía del cliente, que pagaba más de lo que costaba en principio el producto.


    En este tipo tradicional de negocio, el cliente siempre tiene la razón, se le cuida y se le tiene entre algodones: es el que hace que la empresa funcione y sea rentable.

     Se puede empezar con algo pequeño e ir creciendo en función de lo bien que vaya el negocio. Se podría ejemplificar con la historia de una persona que monta una tienda de moda. Compra telas por un valor determinado (pongamos por caso 10 euros), las corta y cose y las vende por un valor varias veces superior (por ejemplo, 50 euros). Con la diferencia paga alquiler del local, maquinaria y sueldos de los trabajadores, entre otros gastos.

     Si vende muchos trajes, puede buscar un local más grande, contratar más gente, comprar más telas y hacer más trajes. Si prospera su negocio, podría incluso abrir una cadena de establecimientos con su marca.

    En los últimos años, el negocio ha sido diferente. El empresario apenas aporta inversión, solo tiene una idea, un plan de negocio con unos crecimientos esperados de dos cifras mínimo. Busca inversores: bancos que le presten, ricos que le compren un porcentaje del negocio o bonos al 10%.

     En este caso el beneficio no viene del cliente final, sino del crecimiento, al más típico estilo Ponzi. Por supuesto, es al inversionista al que hay que cuidar, con presentaciones en hoteles o seminarios en cruceros por el mar. El cliente no es importante más que como un número.

     Por supuesto, el empresario merece un sueldo por su trabajo, además de beneficios como viajes, dietas, bonus y demás. Dinero que sale de la inversión no de los beneficios ya que a veces ni hay.

     En este caso, la busqueda de inversionistas es más importante que la busqueda de nuevos clientes o la creeación de nuevos productos. El mayor producto de este tipo de empresas es ilusión, futuro y crecimiento. El gasto en promoción, márketing y publicidad debe ser alto.


    Los prototipos de este tipo de empresas fueron los portales de internet de los 2000,  de los que muchos se extinguieron con el fin de la burbuja punto com o las redes sociales, tiendas de música en Internet, que siguen el mismo camino.

     Ese modelo de negocio se ha extendido a todo tipo de empresas: Nueva Rumasa, sellos, maderas nobles, telefónicas, constructoras, tiendas de Internet o franquicias de todo tipo, que siguen este modelo, en el que el beneficio del empresario no son los clientes sino los inversores. Lo peor de todo es cuando los provedores se convierten en parte de la inversión y con tal de vender aceptan pagos a plazos largos.


    ¿Cómo termina la historia? Con la quiebra legal de la empresa y liquidación de la misma. Todo muy legal, aparentemente.

     Pero el empresario mientras tanto ha sacado un amplio beneficio en forma de sueldos y bonus. Incluso en el tramo final de la historia monta otra empresa y le traspasa lo más interesante de la primera, dejándola entonces quebrar.

     Este sistema no es completamente novedoso, pero llama la atención lo fácil que ha sido ponerlo en práctica estos últimos años y la cantidad de empresas que lo han hecho.

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